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LA GENTE DE ARAGUÁS

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ARAGUÁS DEL SOLANO

August 09

¿Dónde estoy?

ASOCIACIÓN DE VECINOS ARAGUÁS DEL SOLANO

ESTE ES UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA LOS VECINOS Y AMIGOS DE ARAGUÁS DEL SOLANO
Bienvenido en invierno y también en verano 
 

ASAMBLEA DE VECINOS

 

HOLA A TODOS

DESPUÉS DE LAS ELECCIONES A REPRESENTANTE DE LA ALCALDÍA EN ESTE NÚLEO, SE INFORMA QUE SE CONVOCÓ LA ASAMBLEA DE VECINO.

LA ASOCIACIÓN DE VECINOS ASUME LAS TAREAS DE GESTIÓN Y REPRESENTACIÓN DE LOS VECINOS HASTA UNA NUEVA ELECCIÓN.

 

 

 

 

 

FIESTAS DE SAN ROQUE 2008

Próximamente podrá ver aquí fotos de las fiestas de este y otros años.

El programa de fiestas ha sido el tradicional:

Juegos infantiles

Chocolatada

Comida popular

Campeonato de guiñote

Billas

Vermú

Misa (es tradición, ya sabes)

 

 

 

 

          

 

 

 

 

 
January 17

ASÍ LO VE... ASOCIACIÓN SANCHO RAMÍREZ

Araguás del Solano kilómetro 10(desde Jaca) Pequeña localidad, de particular fisonomía, asentada entre los ríos Estarrún y Lubierre. Ofrece una extraordinaria panorámica sobre el valle del Aragón. Presenta excelentes ejemplos de arquitectura tradicional en piedra tanto en las viviendas como en las construcciones destinadas al apoyo de las labores agrícolas, y en donde destacan las pequeñas ventanas con bloques únicos y las portadas adovedadas o adinteladas. Conserva restos de algún edificio medieval en la parte baja del pueblo. La parroquia tiene al sur una torre fuerte, levantada en el siglo XV, con interesantes aspilleras.

 

            Folleto de la Asociación Sancho Ramírez

ASÍ LO VE... ALFONSO ZAPATER

Los chopos y los robles funden sus ramas al píe mismo de los edificios en la hondonada del barranco por el que desaguan las fuentes del lugar, partiendo vertientes entre dos nos, el Lubierre y el Estarrún. Frente mismo, en la le­janía, se ensancha el paisaje con la amplia ribera del Ara­gón. Al fondo se ondula la montaña, cubierta por el tupido verde de los arbustos que más arriba se trocarán en pinos.

Araguás del Solano se remansa allí mismo, al pie del monte, sobre una suave pendiente que bajará a enlazar con la llanura. Es tierra más ganadera que agrícola. Las zarzas invaden las sendas, los caminos y hasta la estrecha carretera de acceso, donde los vehículos tienen que orillar hasta lo inverosímil para cruzarse cuando circulan en dis­tinta dirección.

Se pisa terreno llano antes de ascender al pueblo, con el caserío asentado en la base del macizo montañoso. Detrás se suceden los valles todavía, hasta enfilar la frontera francesa. El Pirineo aragonés se dulcifica en el campo de Jaca. para constituir una tentación irresistible con el anun­cio de cada núcleo urbano —entidad de población— diseminado  por el paisaje, al igual que una sorpresa de piedra y pizarra, con los edificios agarrados a la tierra, cual si tu­vieran sus raíces en ella -y las tienen—, sin distorsionar la armonía del paisaje.

El desvío de la carretera general, a pocos kilómetros de Jaca, se empina sin brusquedades, corriendo al encuentro del sol, que llega generosamente, desparramado por calles y plazas. Araguás del Solano tiene más que justificado el apellido: solano es, o solana al carasol del día.

Todas las casas son de piedra y casi todos los tejados son de pizarra. Digo casi, porque la uralita también cam­pea sobre algunas cubiertas de edificios, aunque en míni­ma proporción. Yo creo que debería cuidarse al máximo por mantener la tradición y tipismo de estos pueblos. In­cluso resulta innecesaria la cal sobre las fachadas de las casas, a no ser en aquellas que previamente fueron revo­cadas con yeso o en las construidas a base de tapial, que son las menos. La piedra caravista queda mucho mejor, con puertas y ventanas doveladas y el típico remate de las chimeneas troncocónicas -tan de esta tierra nuestra altoaragonesa- sobresaliendo por los tejados.

La pizarra cubre el arco de la fuente que chorrea canta­na en la plaza -¿Para que no se moje el agua cuando llue­ve?—, y desde allí arrancan las calles que llevan a la altura máxima del casco urbano, donde se encuentra la iglesia parroquial. La plaza es rectangular y amplia; en ella se dan cita los vecinos en los atardeceres, cuando la jornada toca a su fin. La plaza es punto de reunión obligado, mu­cho más cuando llegan las fiestas. —Quedan muchas casas vacías —me advierte un vecino—, pero se llenan todas cuando llegan las fiestas de San Roque.

Con ello está asegurado el futuro de Araguás del Sola­no. el verano es vida, animación constante.

Los más ancianos recuerdan con nostalgia el pasado, cuando todas las puertas estaban abiertas en cualquier época del año, hasta reunirse doscientos cincuenta habi­tantes e incluso más.

—Aquí llegamos a ser cerca de los doscientos -me informan-. Luego había que sumar los de Fraginal, a unos cinco kilómetros de distancia, y los de Las Tiesas Ba­jas, que también pertenecían a Araguás.

Dos fuentes, una en la plaza y otra arriba, en la monta­ña, son base del abastecimiento a la población.

La de la montaña se nos seca cuando se prolonga la sequía estival.

El pueblo buscó su asentamiento entre los ríos Lubierre y Estarrún. Las calles se empinan en dirección al monte, para confluir en la iglesia parroquial. El acceso no es fácil. ni mucho menos. Tan sólo arranca llana la calle que va a desembocar en la plaza. La pavimentación de cemento evita que se forme barro cada vez que llueve.

En lo más alto destaca el campanario de la iglesia parro­quial, una torre cuadrada, de cuatro cuerpos simétricos, a excepción del último, donde se abren los ventanales para las campanas —dos a cada lado—, en arco de medio punto.

Incomprensiblemente, la cal llegó también hasta la torre campanario. La iglesia, de una sola nave, es sencilla, sin detalles de gran interés. No parece remontarse, por su construcción, más allá del siglo XVII. En su interior des­taca un pequeño retablo renacentista. Curiosamente, la parte alta del pueblo, donde se encuentra la iglesia, es la menos cuidada urbanísticamente. Tan sólo allí. en los alrededores del templo, es posible ver edificios en ruina. Pienso que no será por mucho tiempo, porque los pueblos así ejercen una segura atracción no sólo para los que un día emigraron de ellos, sino para los que sueñan en el me­dio rural para su descanso los fines de semana y durante las vacaciones. La tranquilidad se alía con el pintoresquis­mo. En Araguás es posible admirar rincones típicos, don­de los emparrados trepan por las piedras; arcos que som­brean las calles y sirven, al mismo tiempo, para enlazar entre sí los edificios de ambos lados de la calzada.

Las fiestas son por demás animadas, porque en esa época Araguás se encuentra a rebosar de habitantes, lo mismo que en sus mejores tiempos. Numerosos pueblos de la comarca coinciden en honrar a San Roque y a la Vir­gen, o a la Virgen —en su Asunción- y a San Roque. Son dos patronazgos que se dan unidos en buen número de ca­sos. Así y todo, Araguás recibe bastantes visitantes de los pueblos comarcanos. En realidad, el recorrido de fiestas es tradicional, de pueblo en pueblo, de plaza en plaza. -Aquí, la plaza es el mejor escenario de los festejos. Cuelgan banderas y gallardetes que luego se quedan allí durante meses, como testimonio de unas jornadas de general alegría y esparcimiento.

El término municipal no es rico; quizás por eso mismo se produjo la emigración masiva, una despoblación que amenazó acabar con el pueblo definitivamente. Al cabo de los años, se ha descubierto una nueva e importante rique­za: el paisaje y el clima. También -¿por qué negarlo?- el pintoresquismo del lugar, al sol del mediodía, a resguardo del monte, en el solano que le da apellido.

Muchas de las casas que amenazaban ruina han sido debidamente restauradas. Parece el mejor síntoma. Ara-guás es un lugar tranquilo, distanciado de la carretera pro­vincial. No es un pueblo de paso, sino que exige despla­zarse a él ex profeso, con un ramal de pista asfaltada que muere allí mismo, a la entrada del pueblo, en la curva pro­nunciada que sirve para ganar el puente sobre el barranco escoltado de chopos y robles.

El pasado no importa demasiado, después de vislum­brar este presente radiante de luz, anuncio de la nueva esperanza. Las casas vacías sólo rumian abandonos de temporada, entre semana o en los crudos días de invierno. La animación está asegurada con el buen tiempo, aunque tampoco faltan los amigos de la nieve. Araguás se aparta de las rutas invernales -de las estaciones de esquí-; pero a veces merece la pena alejarse unos pocos kilómetros a cambio de disfrutar de la calma y serenidad que emana de la montaña solitaria.

Hay muchos pueblos así, afortunadamente, y constitu­yen otros tantos recursos turísticos que es preciso aprove­char integralmente. A la gente de la montaña -lo sé- no le gusta demasiado que digamos esa invasión generada por el turismo, que llega a turbar la paz y la tranquilidad tradicionales; sin embargo, es la mejor fórmula para que estos pueblos tengan asegurada su vida en el futuro, sin que ésta acabe con los viejos que todavía pueden presumir de haber nacido allí, un lógico orgullo que otros ya no po­drán tener, aunque el pueblo continúe llenándose todos los años cuando llegan las fiestas de San Roque.

 

 

                            Alfonso Zapater

                            Aragón  pueblo a pueblo..

                            Mainer Til Editor. Barcelona 1994

 

 

ASÍ LO VEN... DOMINGO BUESA

 

 

AL final  del Paseo modernista de Jaca un viejo camino va descendiendo la colina jace­tana para acercarse al cauce del Ara­gón y atravesarlo en busca de un pai­saje geográfico que conocemos como El Solano. Un camino que comienza su peripecia andarina allí donde la tradición nos habla del topónimo Rompeolas, ese nombre que nuestro ilustre y brillante pintor Enrique Pérez Tudela empeña­do seguramente con gran acierto en derivar de un espacio apropiado para romper las ollas defectuosas de los alfares de Jaca, alfares que los hubo y en gran cantidad según he podido documentar. Cuando recorremos el camino que nos lleva a Asieso, Guasillo, Caniás, Novés, Araguás del Solano, Lastiesas o, al final, Sinués, Esposa y Aísa, vamos adentrándonos en unos paisajes realmente curiosos y cargados de historia. Son esas llanuras cuyos campos de espigas ondean en sua­ves curvas de valles y altozanos, con esas tierras salpicadas de viejos esta­blecimientos humanos en los que todavía resisten el envite de los siglos los pequeños edificios romá­nicos.

En los caminos que llevan al valle de Aísa, en los senderos que siguen el cauce del río por la Canal de Berdún, no es extraño encontrarnos con lugares de remotos orígenes como Araguás del Solano, sobre todo si hacemos caso de las sugeren­cias de los arqueólogos. Por ejem­plo, señalemos que estamos, con este topónimo, en un testimonio de aplicación de un sufijo prerromano (-ués) tal y como indica Francisco Marco, apartado de Toponimia en las Actas (Zaragoza.l979)de las pri­meras jornadas sobre el Estado actual de los estudios sobre Aragón.

A partir de este momento ya podemos intentar reconstruir la his­toria de la que fuera villa en el medie­vo y que acabará convertida en lugar, según sabemos por el censo de 1785 que nos la adscribe con la categoría de lugar. Y además un lugar en el que el topónimo nos obli­ga a señalar algunas precisiones puesto que en los primeros años del medievo es citado como Araguás y desde el siglo XIII, en concreto des­de 1289, como Araguás del Solano según sugiere el profesor Ubieto Árteta en sus Pueblos y despoblados, III (Zaragoza, 1984). Fue y es lugar vinculado a Jaca y para demostrarlo sabemos que -a fines del siglo XIV e­ra parte del Merinado de Jaca; que en los años últimos del siglo XV fue parte de la Sobrecullida de Jaca; que en el mundo de los Austrias fue un lugar de la Vereda de Jaca y que, en el dominio borbónico, formó parte .del Corregimiento de Jaca. Todo ello para alcanzar la categoría de Ayuntamiento en el año 1834 y para acabar incluido en el municipio de Banaguás a partir de los años de la década de 1940.

Las menciones documentales nos llevan hasta el siglo XI y a los rei­nados de los primeros reyes arago­neses. En concreto la primera men­ción es del año 1025, cuando doña Blasquita de Botia vendió al señor García López la villa de Araguás, tal y como nos cuenta uno de los docu­mentos publicados en el Cartulario de San Juan de la Peña, I (Valencia, 1962), por Antonio Ubieto Arteta. Antonio Duran Gudiol publicó el segundo documento que menciona al pueblo de Araguás: la cesión de la iglesia de San Felices de Araguás al obispo García de Aragón, en su Colección Diplomática de la Cate­dral de Huesca, tomo I (Zaragoza, 1965). Y Antonio Ubieto publicó el tercer documento relativo al lugar: la concesión que hizo Pedro I de todo lo que tenía en la villa a la iglesia de San Pedro de Jaca, concretamen­te en la Colección diplomática de Pedro I de Aragón y de Navarra (Za­ragoza, 1951) y con fecha de 1096.

El siglo XII es escaso en noticias documentales y tendremos que esperar al siglo XIII para poder recuperar los niveles de información que nos permiten trabajar con soltura, muy a finales del siglo XIII. Si hemos visto cómo en los aspectos eclesiásticos la iglesia de Araguás pasó a depender del control directo del obispo jaqués, vamos a poder detectar cómo en lo civil la villa de Araguás va a ser utilizada por los monarcas aragoneses como objeto apropiado para negociar cambios y dominios con la nobleza. Después de este periodo en el que irá de mano en mano, el lugar volverá a ser pro­piedad de la Corona.

En este vaivén de dominios pode­mos anotar que, en diciembre de 1276, el Rey Pedro III de Aragón dio el lugar de Araguás del Solano a Pedro Cornel en feudo. La noticia está en la obra de Sinués sobre El Patrimonio Rea len Aragón durante la Edad Media (Zaragoza, 1986, edi­ción de Antonio Ubieto). González Antón nos habla, por su parte y en su trabajo sobre Las Uniones Arago­nesas y las Cortes del Reino (1283-1301) (Zaragoza, 1975), de cómo el 29 de marzo de 1289 Alfon­so III de Aragón dio Araguás del Solano a Rodrigo Jiménez de Luna a cambio de bienes que éste poseía en Valencia. Y después de estas noti­cias, cuando terminamos los años del siglo XIII, entramos en el perío­do durante el cual la villa es lugar de realengo, carácter que tenía en el año 1785.

En 1295 es de realengo según lee­mos en el Codoin o Colección de documentos inéditos del Archivo de la Corona de Aragón que hizo Bofarull a partir del año 1849. Cien años des­pués, el 20 de diciembre de 1397, el Rey Martín I el Humano incorporó Araguás del Solano a la Corona y a la ciudad de Jaca, como nos permite saber una noticia del citado trabajo de Sinués El Patrimonio Real en Aragón... Esta real decisión es otro pun­to más en la consolidación de esa nueva situación, el realengo del lugar que es privilegio y dádiva, pues seguirá siendo confirmada tal incor­poración por la Reina María, lugar­teniente del Reino por Alfonso V, el 13 de agosto del año 1446, y según un documento conservado en el Archivo Municipal de Jaca. Por esos años finales del siglo XV, con­cretamente en 1495 el lugar tiene 20 fuegos que pueden suponer menos de cien habitantes. Información sobre la habitabilidad de estas tierras que es dada por Antonio Serrano Montalvo en su obra sobre La pobla­ción altoaragonesa a fines del siglo XV, publicado en la revista Pirineos 31-32 (Zaragoza, Jaca, 1954).

Sobre Araguás del Solano nos han quedado más noticias, pero muchas de ellas guardan el silencio de lo inédito en los Archivos Muni­cipal y Diocesano de Jaca en los que me he encontrado con documenta­ción referente a este lugar. Y tam­bién hay algunas noticias desperdi­gadas en publicaciones más o menos de carácter divulgativo o descriptivo, con las cuales se puede for­mar un corpus informativo que nos ayude a estudiar el enclave jacetano que nació mirando a la Peña Oroel y que buscaba la amorosa visión meridional. Por ejemplo allí están las noticias que da Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico-Estasdístico-Histórico, II (Madrid. 1845), cuando escribe que Aragués -el topónimo lo da con error- del Solano está "situado en el declive de un monte de donde se deriva el nombre de Solano... y goza de un ciclo depejado y clima saludable, aunque se padecen fiebres intermitentes por efecto de la insalubridad de las aguas". El pueblo lo componían 21 "casas, a excepción de una, de un piso, distribuidas en calles pendien­tes e incómodas sin empedrar, y una plaza de irregulares dimensiones".

El texto de Madoz es muy exten­so y nos aporta datos de todo: cami­nos, iglesia, cultivos, rendimientos, etcétera, e incluso nos cuenta cómo las tierras están algo dañadas como consecuencia de las tormentas, aguaceros y pedriscos que han azo­tado estos campos desde el año 18 3 5 a 1837. Si la iglesia está dedicada a San Policarpo , las fiestas fueron igualmente organizadas para vene­rar como patrón al citado San Poli­carpo, que encontraba su hueco en el santoral el 26 de enero. Pero los tiempos cambiaron y estas fiestas quedaron relegadas a ser las fiestas pequeñas, mientras las mayores pasaban a dedicarse a San Roque al igual que hacían los habitantes de la vecina Banaguás. De ello hablan Ádell y García en su La Fiesta en el Alto Aragón (Huesca, 1992).

Como se puede ver, este lugar de Araguás, en el Solano que cubren las nieves del invierno y derriten los soles del mediodía, encierra gran historia aunque muchos capítulos de la misma deban ser rescatados del olvido. Completando las noticias y sin agotar el tema, concluyamos que Jesús Conté Oliveros en su trabajo de recopilación sobre los Personajes y escritores de Huesca y Provincia (Zaragoza, 1981) menciona un poe­ta y jurista que nació en Araguás del Solano y que fue doctor y canónigo de la Catedral de Jaca. Se refiere a Martín de Aysa, un prestigioso hombre que ejerció como comisio­nado del Papa Gregorio XIII y del Rey Felipe II. El doctor Aysa publi­có unos dísticos en latín en la obra Martinas D'Ayssa, canonicus Jacensis, Illtri. valdeque Rvdo. Dno. Agus­tino Pérez, Caes. Mertropolis Canó­nico. S. (Huesca, 1582) y fue el fun­dador de la capellanía de Santa Ana en la parroquial de Araguás del Solano, espacio litúrgico en el que yace enterrado desde su muerte en junio de 1591.

 

 

 

D. J. Buesa Conde

Cuadernos Altoaragoneses , 283

Diario del Altoaragón, 26- 12-93

Cuando nos acercamos a Araguás, pronto caemos en la cuenta de que su valor fundamental se basa en su ubicación. Así lo reconocen los visitantes y nuevos vecinos. Se parece bastante al pueblo que dibuja un niño espontáneamente: en la ladera de una montaña, con la iglesia en lo más alto y la plaza con su fuente y su ayuntamiento, con construcciones típicas de estas montañas. Si además se pudiera dibujar la tranquilidad, el canto de los pájaros y la bondad de sus gentes, el cuadro estaría completo. ¡Ah! No nos olvidemos del sol (del Solano, es su apellido).

Seguramente Araguás del Solano no puede presumir de nada en concreto, y de todo a la vez. En este pueblo se puede mirar tanto hacia adentro como hacia fuera. Estamos en pleno monte, en el sentido más real de la palabra: salimos de casa y estamos entre pinos. Ascendiendo montaña arriba la vista se multiplica y abarca un ángulo de muchos grados, desde las cumbres serrablesas hasta la canal de Berdún, pasando por Jaca y su campo, Oroel, san Juan de la Peña...

Araguás es un pueblo sin río. O mejor dicho, con/entre dos ríos: Lubierre y Estarrún. No faltan fuentes y barrancos en su entorno, completando así un paisaje prepirenáico excepcional, que puede seguirse por distintos caminos: hacia el Norte nos acercaremos a Borau, hacia el Este con Caniás, hacia el Sur está Novés y por el Oeste irán apareciendo Lastiesas, El Fraginal y todos los pueblos del valle de Aísa.

La transformación de las formas de vida es evidente también aquí: apenas existe actividad ganadera y la agrícola está mayoritariamente en manos de gentes de otros núcleos. Las casas olvidan el sustento del campo y se reconvierten en estancias residenciales y de ocio. Pero ninguna otra actividad industrial o de servicios se asienta en estos momentos en Araguás, aunque seguro que alguno lo está pensando seriamente. Este callejón sí necesita una salida, si no queremos estar ante un pueblo fantasma, sin población real.

El respeto al medio natural, la conservación del patrimonio popular, el establecimiento de nuevas formas de estar y trabajar, el amable recuerdo de sus tradiciones y unos servicios adecuados a un buen nivel de vida son los objetivos y pilares de este pueblo, de Araguás del Solano, que ahora se ofrece a tus sentidos.

November 01

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